Mot Mot te cuenta:
“El Secreto del Rajawal”
¡Ajá! ¿Estás listo para volar conmigo entre las ramas del tiempo? Hoy, en este Día del Padre, no solo contaremos una historia: abriremos un portal hacia el corazón mismo de la selva, donde lo sagrado y lo cotidiano se entrelazan como raíces bajo tierra.
Hace muchas lunas, en un pequeño pueblo rodeado de ceibas milenarias y cenotes secretos, vivía un joven llamado K’inam, que aún no entendía lo que significaba ser padre. No tenía hijos, pero sí un fuego en el corazón y mil preguntas en la mente. ¿Qué era un padre? ¿Un maestro? ¿Un guía? ¿Un guerrero? ¿O era acaso la montaña misma que nunca se mueve pero sostiene a todos?
Un día, en pleno solsticio, mientras las estrellas aún danzaban en el cielo, una abuela anciana —tan arrugada como sabia— se le acercó con una sonrisa y le entregó un fragmento de jade tallado con una espiral.
“Busca tu Rajawal, K’inam. Él te enseñará lo que significa ser verdadero padre”, dijo antes de desvanecerse como humo de copal entre los árboles.
Mot Mot, que revoloteaba entre los rayos de sol, observó curioso desde una rama. Algo en los ojos del muchacho le hizo cantar distinto ese día…
“Tz’unun, Tz’unun, el jade canta cuando el corazón escucha” 🪶
K’inam partió en su viaje, guiado por señales que solo los sabios leen: el susurro del viento entre las ceibas, la danza del fuego al atardecer, el reflejo del sol sobre el agua. Recorrió templos olvidados, cruzó ríos que hablaban en sueños, y escuchó historias susurradas por los jaguares de piedra que dormían bajo la luna.
En cada paso descubría algo nuevo: al cuidar a un coatí herido, sintió por primera vez la protección del padre. Al compartir su último tamal con un anciano caminante, comprendió el dar sin esperar. Al mirar cómo los murales en un templo perdido mostraban a Itzamná creando la tierra, el maíz y la palabra, entendió que el verdadero padre no solo crea, sino que sostiene y renueva.
Pero el momento más poderoso llegó una noche estrellada, en la cima de un monte que nadie había pisado en siglos. Allí, el viento comenzó a girar, el cielo se oscureció, y de entre los truenos surgió una figura luminosa con forma de fuego, serpiente y pájaro: el Rajawal de la Tierra, que hablaba con mil voces y ninguna a la vez.
“Padre no es quien da la vida solamente… es quien la guarda. Yo soy el Rajawal de todo lo que ves: soy madre y padre a la vez. El sol y el agua. El canto y el silencio. Ahora tú sabes. Y como lo sabes, debes cuidarlo.”
El jade brilló en el pecho de K’inam, y una lagartija sobre su hombro le hizo un guiño (no era una lagartija común, claro… era Yo, Mot Mot disfrazado, para asegurarme de que no olvidara nada 😉).
K’inam regresó al pueblo, ya no como un joven buscador, sino como un hombre entero. Sin hijos de sangre, pero padre de árboles que sembró, de niños que enseñó a escuchar al monte, de historias que despertaron corazones.
Desde ese día, cada vez que alguien preguntaba quién era él, simplemente sonreía y decía:
—“Soy K’inam, aprendiz eterno del Rajawal… y protector del canto del mundo”.
Mot Mot dice:
“Todos podemos ser padres si sembramos vida, si protegemos lo frágil, si enseñamos a los que vendrán después. Porque el verdadero padre no es dueño de nada… es guardián de todo. En este Día del Padre, recuerda: hay una semilla sagrada en ti, esperando que la cuides.”










